miércoles, 31 de octubre de 2012

Evaristo Carriego

LOS VIEJOS SE VAN




















¿No te da tristeza? Bueno,
a mí no sé qué me da...
¡Se van los viejos! Los pobres
poquito a poco se van.
Y se van tan despacito
que ni lo sienten; ¿será
el consuelo de saber
que se habrán de ir en paz?
¡Ah, todo es inútil: nada .
los detendrá! ¿ Pasarán
este otoño, o el invierno
otra vez los hallará
contándonos por las noches
cosas de la mocedad?
Y cuando no estén, ¿durante
cuánto tiempo aún se oirá
su voz querida en la casa
desierta?
¿Cómo serán
en el recuerdo las caras
que ya no veremos más?
¡Que ya no veremos!...¿Nunca
se te ha ocurrido pensar
en el silencio que dejan
aquellos que se nos van?
Y en nosotros mismos, piensas
alguna vez, ¿es verdad?
En nosotros, que también
nos tendremos que callar.
Cuando nos llegue la hora
como a los viejos, ¿habrá
para nosotros la dulce
confortación familiar
que tanto alivia? ¿ Qué labio
piadoso nos besará?
¿Nos sentiremos muy solos?
¿Y nos iremos en paz?

lunes, 29 de octubre de 2012

Drumond de Andrade

Los que sufren ( Carlos Drummond de Andrade)

Las plantas sufren como nosotros sufrimos.
¿Por qué no habrían de sufrir
si esta es la llave de la unidad del mundo?

La flor sufre, tocada
por la mano inconsciente.
Hay una ahogada queja
en su docilidad.
La piedra es sufrimiento
paralítico, eterno.
Nosotros -animales- no tenemos
ni siquiera el privilegio de sufrir. 

Carlos Drumond de Andrade


Carlos Drumond de Andrade

No, mi corazón no es más grande que el mundo.

Es mucho más pequeño. 
En él no caben ni mis dolores.
Por eso me gusta tanto contarme a mí mismo 
por eso me desvisto, por eso me grito,
por eso frecuento los diarios, 
me expongo crudamente en las librerías:
necesito de todos.
Sí, mi corazón es muy pequeño. 
Sólo ahora veo que en él no caben los hombres.
Los hombres están aquí afuera, están en la calle. 
La calle es enorme. Más grande, mucho más grande
de lo que yo esperaba. 
Mas en la calle tampoco caben todos los hombres.
La calle es más pequeña que el mundo. 
El mundo es grande.
Tú sabes como es grande el mundo.
Conoces los navíos que llevan petróleo y libros, carne y algodón. 
Viste los diferentes colores de los hombres,
los diferentes dolores de los hombres, 
sabes cómo es difícil sufrir todo eso, amontonar todo eso
en un solo pecho de hombre... sin que estalle. 
Cierra los ojos y olvida.
Escucha el agua en los vidrios tan calmada. No anuncia nada. 
Sin embargo, se escurre en las manos,
¡tan calmada! va inundando todo... 
¿Renacerán las ciudades sumergidas?
¿Los hombres sumergidos -volverán? 
Mi corazón no sabe.
Estúpido, ridículo y frágil es mi corazón. 
Sólo ahora descubro cómo es triste ignorar ciertas cosas.
(En la soledad de individuo 
desaprendí el lenguaje
con que los hombres se comunican).
Otrora escuché a los ángeles, las sonatas, los poemas, 
las confesiones patéticas.
Nunca escuché voz de gente. En verdad soy muy pobre. 
Otrora viajé por países imaginarios, fáciles de habitar,
islas sin problemas, no obstante exhaustivas 
y convocando al suicidio.
Mis amigos se fueron a las islas.
Las islas pierden al hombre. 
Sin embargo algunos se salvaron y trajeron la noticia
de que el mundo, el gran mundo está creciendo todos los días, 
entre el fuego y el amor.
Entonces, mi corazón también puede crecer. 
Entre el amor y el fuego,
entre la vida y el fuego,
mi corazón crece diez metros y explota. 
-¡Oh vida futura! nosotros te crearemos. 

Dario Belleza



Dario Belleza

Tiempo, el tiempo me asedia
y circunda y arroja sobre playas atroces
e inalcanzables. El sol
es mi única salvación, oh el ansia
inmortal de saberme mortal.
Huir entonces hacia los cuerpos
los desvalidos cuerpos, caída en el ocaso
triste de mis sueños.
Estoy siempre vacío y solo: calzo
los veinte otoños y las primaveras
veranos. Soy más inmortal
que quien ruega en vano a un Dios
que no está.




(Traducción de Horacio Armani)


Dario Belleza. (Roma, 1944- 1996). Poeta, escritor y autor teatral italiano. La poesía de Bellezza está inspirada fuertemente en asuntos personales y autobiográficos, en especial su vivencia de la homosexualidad y su fascinación por los ambientes sociales más conflictivos. Un tema recurrente de su obra es la búsqueda obsesiva de un "bellissimo assassino" ("bellísimo asesino") entre drogadictos y prostitutos. Su obra denota la influencia de Pier Paolo Pasolini, Sandro Penna y de los poetas simbolistas. Entre sus libros de poemas se destacan: Invettive e licenze (1971)

José Campus

Por favor                  no cierres la puerta
quiero                   mirar esta tarde  inquieta de viento
 y de antiguo misterio aún no resuelto.

necesito regresar
- fugazmente-
a lugares anteriores sin que me duela el tiempo.

José Campus

muerte
     no me asustas.

estás en mí
desde principio virginal.

cuando te decidas
quizás
me encuentres cruzado
                             de espaldas
                             frente al sol
con una estrella rota en cada mano.

me convertiré en astronauta
sin casco ni zapatos de plomo.
transitaré astros.
amaré los silencios de espacio.

muerte    no me asustas
muerte    no te busco
muerte    cuando te decidas.  



José Campus

Cesare Pavese



Los mares del sur ( Cesare Pavese)

Caminamos una tarde sobre la ladera de una colina,
en silencio. En la sombra del tardo crepúsculo
mi primo es un gigante vestido de blanco,
que se mueve tranquilo, el rostro bronceado,
taciturno. Callar es nuestra virtud.
Algún antepasado nuestro debe de haber estado muy solo,
un gran hombre entre idiotas o un pobre loco,
para enseñar a los suyos tanto silencio.

Mi primo habló esta tarde. Me pidió
que subiera con él: desde la cumbre se divisa
en las noches serenas el reflejo del faro,
lejano, de Turín. "Tú que vives en Turín
-me dijo-... pero tienes razón, la vida se vive
lejos de la tierra: se progresa y se goza;
luego, cuando se regresa, como yo, a los cuarenta,
se encuentra todo nuevo".
Todo esto me dijo y no habla italiano
sino el lento dialecto que, como estas mismas piedras,
es tan áspero que veinte años de idiomas y de océanos diversos
no consiguieron pulirlo. Y camina por la cuesta
con la mirada ensimismada que vi, de chico,
en los campesinos un poco cansados.

Veinte años ha estado viajando por el mundo,
Se fue cuando yo era un nene en brazos de mujeres
y lo dieron por muerto. Sentí después hablar de él
a las mujeres, a veces, como en una fábula,
pero los hombres, más graves, lo olvidaron.
Un invierno, a mi padre, ya muerto, le llegó una postal
con una gran estampilla verdosa de naves en un puerto
y augurios de buena vendimia. Fue un gran estupor,
pero el muchacho, crecido, explicó ávidamente
que el billete venía de una isla llamada Tasmania
circundada de un mar muy azul, feroz de tiburones,
en el Pacífico, al sur de la Australia, y añadió
que, seguro, el primo pescaba perlas. Y guardó la estampilla.
Todos dieron su opinión, pero todos concluyeron
que si no había muerto, moriría.

Mi primo regresó terminada la guerra,
gigantesco como pocos. Y tenía dinero.
La parentela decía por lo bajo: "En un año,
por decir mucho, se lo comió todo y vuelve a vagar.
Así terminan los desesperados".
Mi primo tiene una cara rotunda. Compró un lote
en el pueblo y se hizo construir un garaje de cemento
con un flamante surtidor de nafta en el frente
y sobre la curva del puente, bien grande, un cartel metálico.
Después puso un mecánico adentro a cobrar el dinero
y él se dedicó a recorrer las Langas, fumando.
Se había casado. Tomó una chica rubia y delicada
como las extranjeras que seguramente conoció en el mundo.
Pero sale todavía solo, vestido de blanco,
con las manos atrás y el rostro bronceado;
por la mañana recorría las ferias, con aire cazurro,
negociando caballos. Después me explicó,
cuando fracasó el proyecto, que su plan
era quitarle al valle todas las bestias
y obligar a la gente a comprarle motores.
"Pero la bestia más grande de todas", decía,
"fui yo al pensarlo. Debí saber
que bueyes y personas son aquí la misma raza."

Un perfume de tierra y viento nos envuelve en lo oscuro.
algunas luces en la distancia, casitas, automóviles
que se oyen apenas. Y yo pienso en la fuerza
que me ha devuelto a este hombre, arrancándolo del mar,
de las tierras lejanas, del silencio que dura.
Mi primo no habla de los viajes que hizo; dice, seco,
que ha estado en este lugar, aquel otro,
y piensa en los motores.

Sólo un sueño le ha quedado en la sangre.
Se cruzó una vez, viajando como maquinista
de un pesquero holandés, con el cetáceo,
y ha visto volar los pesados arpones en el sol,
vio huir las ballenas entre espumarajos de sangre
y la persecución, y las colas alzadas y la lucha en la lanza.
Me lo recuerda a veces.

Pero cuando le digo que es de los elegidos que vieron la aurora
sobre las islas más bellas de la tierra,
sonríe al recordarlo y responde que el sol
se levantaba cuando el día era viejo para ellos.


Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 1908-Turín, 1950), "Lavorare stanca" (1936, 1943), Poesie, Mondadori, Verona, 1969
Versión de J. Aulicino