miércoles, 31 de octubre de 2012

Eeva Liisa Manner


martes, 24 de marzo de 2009

EXPERIENCIAS DEL YO EMPÍRICO





















Si el dolor humease,
la tierra se cubriría de humo.
Y sin embargo, debajo de este dolor
también hay un fuego,
mi corazón arde, sin consumirse.




JUEGOS PARA LOS QUE ESTÁN SOLOS


Los caminos son largos y ardientes.
El cielo está blanco. Las cornejas vuelan
gritando insultos, una nube ronca, chillona.
Las ventanas son ojos. Mi sombra, un muñón.

Adonde iría, mi casa
está llena de historias extrañas, frases como trampas,
palabras pesadas, que abrasan como estaño líquido,
y presagian, proyectando sombras por las paredes.

Tengo mucho peso, desde mi herida crece un árbol
de hojas apolilladas.
A través del árbol se ve un cielo fulgurante,
mi entendimiento no alcanzará tan lejos.




MURIÓ EL OTOÑO DEBILITADO

Las alamedas se vuelven rojas, los bosques, amarillos,
las montañas se oscurecen en una lluvia lejana,
en los corrales arden las hojas del otoño, humeando,

El hacha resuena mas sonora que antes,
las voces más hondas del bosque cuentan
del paso del leñador por la cuesta del Cerro del Halcón,
El eco corre por la orilla opuesta, agudo, claro,
como si una mano invisible cortara en una orilla vacía
árboles supuestos.
A veces se saludan,
aquél, y el otro, el hombre de los ecos,
gritándose algo
a través de un lago silvestre, calmo, profundo, frío.




Eeva Liisa Manner

(Traducción de Matti Rossi)

Eeva Liisa Manner, poeta finlandesa (1921 - 1994). Nació en Helsinki . Vivió largos períodos en España. Trabajó en editoriales. También escribió teatro, considerada como una de las poetas mas notables de su país. Algunos de sus libros son: Este viaje (1956) Si la tristeza Dejara una estrella de humo (1968) Los cantos órficos (1960) Huyen las velas a toda vela (1971) Piedra escrita (1966) y Fahrenheit 121 (1968).

Eduardo Ainbinder

COMER Y DORMIR







Hay hombres que viven toda su vida en el error.

otros, más antiguos, habitan las grietas
de una falla geológica;
vivas donde vivas también te llegará un día
en un sobre sin remitente
la fecha de vencimiento
de todo lo que se da y quita: haya en un costado
un corral: donde los que fueron
corderos saltando cercos en el sueño originario
son ahora alimañas llevando en el lomo
sellada la cuenta regresiva.
Todo, cual si despertaras
bebiendo y comiendo algo
de la mano de un débil mental,
acaso confirmando que demasiadas veces
lo superior se sujeta a lo inferior.




Evaristo Carriego

LOS VIEJOS SE VAN




















¿No te da tristeza? Bueno,
a mí no sé qué me da...
¡Se van los viejos! Los pobres
poquito a poco se van.
Y se van tan despacito
que ni lo sienten; ¿será
el consuelo de saber
que se habrán de ir en paz?
¡Ah, todo es inútil: nada .
los detendrá! ¿ Pasarán
este otoño, o el invierno
otra vez los hallará
contándonos por las noches
cosas de la mocedad?
Y cuando no estén, ¿durante
cuánto tiempo aún se oirá
su voz querida en la casa
desierta?
¿Cómo serán
en el recuerdo las caras
que ya no veremos más?
¡Que ya no veremos!...¿Nunca
se te ha ocurrido pensar
en el silencio que dejan
aquellos que se nos van?
Y en nosotros mismos, piensas
alguna vez, ¿es verdad?
En nosotros, que también
nos tendremos que callar.
Cuando nos llegue la hora
como a los viejos, ¿habrá
para nosotros la dulce
confortación familiar
que tanto alivia? ¿ Qué labio
piadoso nos besará?
¿Nos sentiremos muy solos?
¿Y nos iremos en paz?

lunes, 29 de octubre de 2012

Drumond de Andrade

Los que sufren ( Carlos Drummond de Andrade)

Las plantas sufren como nosotros sufrimos.
¿Por qué no habrían de sufrir
si esta es la llave de la unidad del mundo?

La flor sufre, tocada
por la mano inconsciente.
Hay una ahogada queja
en su docilidad.
La piedra es sufrimiento
paralítico, eterno.
Nosotros -animales- no tenemos
ni siquiera el privilegio de sufrir. 

Carlos Drumond de Andrade


Carlos Drumond de Andrade

No, mi corazón no es más grande que el mundo.

Es mucho más pequeño. 
En él no caben ni mis dolores.
Por eso me gusta tanto contarme a mí mismo 
por eso me desvisto, por eso me grito,
por eso frecuento los diarios, 
me expongo crudamente en las librerías:
necesito de todos.
Sí, mi corazón es muy pequeño. 
Sólo ahora veo que en él no caben los hombres.
Los hombres están aquí afuera, están en la calle. 
La calle es enorme. Más grande, mucho más grande
de lo que yo esperaba. 
Mas en la calle tampoco caben todos los hombres.
La calle es más pequeña que el mundo. 
El mundo es grande.
Tú sabes como es grande el mundo.
Conoces los navíos que llevan petróleo y libros, carne y algodón. 
Viste los diferentes colores de los hombres,
los diferentes dolores de los hombres, 
sabes cómo es difícil sufrir todo eso, amontonar todo eso
en un solo pecho de hombre... sin que estalle. 
Cierra los ojos y olvida.
Escucha el agua en los vidrios tan calmada. No anuncia nada. 
Sin embargo, se escurre en las manos,
¡tan calmada! va inundando todo... 
¿Renacerán las ciudades sumergidas?
¿Los hombres sumergidos -volverán? 
Mi corazón no sabe.
Estúpido, ridículo y frágil es mi corazón. 
Sólo ahora descubro cómo es triste ignorar ciertas cosas.
(En la soledad de individuo 
desaprendí el lenguaje
con que los hombres se comunican).
Otrora escuché a los ángeles, las sonatas, los poemas, 
las confesiones patéticas.
Nunca escuché voz de gente. En verdad soy muy pobre. 
Otrora viajé por países imaginarios, fáciles de habitar,
islas sin problemas, no obstante exhaustivas 
y convocando al suicidio.
Mis amigos se fueron a las islas.
Las islas pierden al hombre. 
Sin embargo algunos se salvaron y trajeron la noticia
de que el mundo, el gran mundo está creciendo todos los días, 
entre el fuego y el amor.
Entonces, mi corazón también puede crecer. 
Entre el amor y el fuego,
entre la vida y el fuego,
mi corazón crece diez metros y explota. 
-¡Oh vida futura! nosotros te crearemos. 

Dario Belleza



Dario Belleza

Tiempo, el tiempo me asedia
y circunda y arroja sobre playas atroces
e inalcanzables. El sol
es mi única salvación, oh el ansia
inmortal de saberme mortal.
Huir entonces hacia los cuerpos
los desvalidos cuerpos, caída en el ocaso
triste de mis sueños.
Estoy siempre vacío y solo: calzo
los veinte otoños y las primaveras
veranos. Soy más inmortal
que quien ruega en vano a un Dios
que no está.




(Traducción de Horacio Armani)


Dario Belleza. (Roma, 1944- 1996). Poeta, escritor y autor teatral italiano. La poesía de Bellezza está inspirada fuertemente en asuntos personales y autobiográficos, en especial su vivencia de la homosexualidad y su fascinación por los ambientes sociales más conflictivos. Un tema recurrente de su obra es la búsqueda obsesiva de un "bellissimo assassino" ("bellísimo asesino") entre drogadictos y prostitutos. Su obra denota la influencia de Pier Paolo Pasolini, Sandro Penna y de los poetas simbolistas. Entre sus libros de poemas se destacan: Invettive e licenze (1971)

José Campus

Por favor                  no cierres la puerta
quiero                   mirar esta tarde  inquieta de viento
 y de antiguo misterio aún no resuelto.

necesito regresar
- fugazmente-
a lugares anteriores sin que me duela el tiempo.

José Campus

muerte
     no me asustas.

estás en mí
desde principio virginal.

cuando te decidas
quizás
me encuentres cruzado
                             de espaldas
                             frente al sol
con una estrella rota en cada mano.

me convertiré en astronauta
sin casco ni zapatos de plomo.
transitaré astros.
amaré los silencios de espacio.

muerte    no me asustas
muerte    no te busco
muerte    cuando te decidas.  



José Campus

Cesare Pavese



Los mares del sur ( Cesare Pavese)

Caminamos una tarde sobre la ladera de una colina,
en silencio. En la sombra del tardo crepúsculo
mi primo es un gigante vestido de blanco,
que se mueve tranquilo, el rostro bronceado,
taciturno. Callar es nuestra virtud.
Algún antepasado nuestro debe de haber estado muy solo,
un gran hombre entre idiotas o un pobre loco,
para enseñar a los suyos tanto silencio.

Mi primo habló esta tarde. Me pidió
que subiera con él: desde la cumbre se divisa
en las noches serenas el reflejo del faro,
lejano, de Turín. "Tú que vives en Turín
-me dijo-... pero tienes razón, la vida se vive
lejos de la tierra: se progresa y se goza;
luego, cuando se regresa, como yo, a los cuarenta,
se encuentra todo nuevo".
Todo esto me dijo y no habla italiano
sino el lento dialecto que, como estas mismas piedras,
es tan áspero que veinte años de idiomas y de océanos diversos
no consiguieron pulirlo. Y camina por la cuesta
con la mirada ensimismada que vi, de chico,
en los campesinos un poco cansados.

Veinte años ha estado viajando por el mundo,
Se fue cuando yo era un nene en brazos de mujeres
y lo dieron por muerto. Sentí después hablar de él
a las mujeres, a veces, como en una fábula,
pero los hombres, más graves, lo olvidaron.
Un invierno, a mi padre, ya muerto, le llegó una postal
con una gran estampilla verdosa de naves en un puerto
y augurios de buena vendimia. Fue un gran estupor,
pero el muchacho, crecido, explicó ávidamente
que el billete venía de una isla llamada Tasmania
circundada de un mar muy azul, feroz de tiburones,
en el Pacífico, al sur de la Australia, y añadió
que, seguro, el primo pescaba perlas. Y guardó la estampilla.
Todos dieron su opinión, pero todos concluyeron
que si no había muerto, moriría.

Mi primo regresó terminada la guerra,
gigantesco como pocos. Y tenía dinero.
La parentela decía por lo bajo: "En un año,
por decir mucho, se lo comió todo y vuelve a vagar.
Así terminan los desesperados".
Mi primo tiene una cara rotunda. Compró un lote
en el pueblo y se hizo construir un garaje de cemento
con un flamante surtidor de nafta en el frente
y sobre la curva del puente, bien grande, un cartel metálico.
Después puso un mecánico adentro a cobrar el dinero
y él se dedicó a recorrer las Langas, fumando.
Se había casado. Tomó una chica rubia y delicada
como las extranjeras que seguramente conoció en el mundo.
Pero sale todavía solo, vestido de blanco,
con las manos atrás y el rostro bronceado;
por la mañana recorría las ferias, con aire cazurro,
negociando caballos. Después me explicó,
cuando fracasó el proyecto, que su plan
era quitarle al valle todas las bestias
y obligar a la gente a comprarle motores.
"Pero la bestia más grande de todas", decía,
"fui yo al pensarlo. Debí saber
que bueyes y personas son aquí la misma raza."

Un perfume de tierra y viento nos envuelve en lo oscuro.
algunas luces en la distancia, casitas, automóviles
que se oyen apenas. Y yo pienso en la fuerza
que me ha devuelto a este hombre, arrancándolo del mar,
de las tierras lejanas, del silencio que dura.
Mi primo no habla de los viajes que hizo; dice, seco,
que ha estado en este lugar, aquel otro,
y piensa en los motores.

Sólo un sueño le ha quedado en la sangre.
Se cruzó una vez, viajando como maquinista
de un pesquero holandés, con el cetáceo,
y ha visto volar los pesados arpones en el sol,
vio huir las ballenas entre espumarajos de sangre
y la persecución, y las colas alzadas y la lucha en la lanza.
Me lo recuerda a veces.

Pero cuando le digo que es de los elegidos que vieron la aurora
sobre las islas más bellas de la tierra,
sonríe al recordarlo y responde que el sol
se levantaba cuando el día era viejo para ellos.


Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 1908-Turín, 1950), "Lavorare stanca" (1936, 1943), Poesie, Mondadori, Verona, 1969
Versión de J. Aulicino

Joaquin Gianuzzi


Joaquin Gianuzzi
"Por Alguna Razón"
Compré café, cigarrillos, fósforos.
Fumé, bebí
y fiel a mi retórica particular
puse los pies sobre la mesa.
Cincuenta anos y una certeza de condenado.
Como casi todo el mundo fracasé sin hacer ruido;
Bostezando al caer la noche murmuré mis decepciones,
escupí sobre mi sombra antes de ir a la cama.
Esta fue toda la respuesta que pude ofrecer a un mundo
que reclamaba de mí un estilo que posiblemente no me
correspondía.
O puede ser que se trate de otra cosa. Quizás
hubo un proyecto distinto para mí
en alguna probable lotería
y mi número no salió.
Quizá nadie resuelva un destino estrictamente privado.
Quizás la marea histórica lo resuelva por uno y por todos.
Me queda esto.
Una porción de vida que me cansó de antemano,
Un poema paralizado en mitad de camino
hacia una conclusión desconocida;
un resto de café en la taza
que por alguna razón
nunca me atreví a apurar hasta el fondo.
JOaquin Gianuzzi

En tu cerebro harapiento entró Mozart: 
una ética absoluta, fresco y antiguo.
Cuántas cosas desde el mundo lo ocupaban,
pesadas. Puertas, caminos, 
y montañas de polvo que reclamaban
un orden para un significado.
Pero el violín circuló
y todas las desesperaciones lo seguían
en círculos, como perros que no alcanzan
el tema central, la intensidad secreta,
el solo de Mozart en su cielo obligado.

Joaquín Giannuzzi (Buenos Aires, 1924-Salta, 2004), Violín obligado, Libros de Tierra Firme, Buenos Aires, 1984

Jorge Boccanera


Olas de Jorge Boccanera


Tu corazón es una taza diminuta,
y es la única taza que precisa dos bocas,
y es la única boca que no se vuelca nunca.
Enormes olas,
locomotoras de agua se desploman cerca de tus
labios de Grecia.
Pero esto es Isla Negra y enfundada que vas en
  un abrigo hecho para otro cuerpo,
hecho para otro clima.
Pero siempre en tus ojos brillando una tacita.
Entonces,
hay un hombre encerrado en los papeles de la
noche.
Sus vagabundos quieren levantar esa taza,
como los deportistas a sus copas doradas.

Billy Collins


Olvido ( Billy Collins)

El nombre del autor es lo primero que se va
seguido obedientemente por el título, la trama,
la conclusión desgarradora, la novela entera
que de pronto se vuelve una que no has leído nunca,
de la que ni siquiera has oído.

Como si, uno por uno, los recuerdos los que solías aferrarte
decidieran retirarse al hemisferio sur del cerebro,
a una pequeña villa pesquera donde no hay teléfonos.

Hace tiempo besaste por última vez los nombres de las nueve Musas
y viste a las ecuaciones cuadráticas empacar
y ahora aún cuando memorizas el orden de los planetas,

algo más se te está escapando, la flor de un estado, quizás
la dirección de un tío, la capital de Paraguay.

Lo que sea que estás tratando de recordar
no está en la punta de tu lengua
tampoco merodeando en una esquina recóndita de tu bazo,

se ha desvanecido en un oscuro río mitológico
cuyo nombre empieza con una L, es lo que recuerdas, en tu propio
camino hacia el olvido donde te reunirás
con los que ya no saben cómo nadar o andar en bicicleta.

No importa si te levantas a medianoche
para buscar la fecha de una batalla en un libro sobre guerras
No importa si la luna en la ventana pareciera haberse desviado
de un poema de amor que solías saber de memoria.

Billy Collins (Nueva York, 1941), Questions about Angels, University of Pittsburg Press, 1999
Versión de Marina Kohon

domingo, 28 de octubre de 2012

Poesía Clasica 6

Poesía Clásica 5


Idea Vilariño 

Tal vez no era pensar, la fórmula, el secreto,
sino darse y tomar perdida, ingenuamente,
tal vez pude elegir, o necesariamente,
tenía que pedir sentido a toda cosa.
Tal vez no fue vivir este estar silenciosa
y despiadadamente al borde de la angustia
y este terco sentir debajo de su música
un silencio de muerte, de abismo a cada cosa.
Tal vez debí quedarme en los amores quietos
que podrían llenar mi vida con un nombre
en vez de buscar al evadido del hombre,
despojado, sin alma, ser puro, esqueleto.
Tal vez no era pensar, la fórmula, el secreto.
sino amarse y amar, perdida, ingenuamente.
Tal vez pude subir como una flor ardiente
o tener un profundo destino de semilla
en vez de esta terrible lucidez amarilla
y de este estar de estatua con los ojos vacíos.
Tal vez pude doblar este destino mío
en música inefable. O necesariamente..


Vicente Huidobro

Fragmento de ALTAZOR

Soy todo el hombre 
El hombre herido por quién sabe quién 
Por una flecha perdida del caos 
Humano terreno desmesurado 
Sí desmesurado y lo proclamo sin miedo 
Desmesurado porque no soy burgués ni raza fatigada 
Soy bárbaro tal vez 
Desmesurado enfermo 
Bárbaro limpio de rutinas y caminos marcados 
No acepto vuestras sillas de seguridades cómodas 
Soy el ángel salvaje que cayó una mañana 
En vuestras plantaciones de preceptor 
Poeta 
Antipoeta 
Culto 
Anticulto 
Animal metafísico cargado de congojas 
Animal espontáneo directo sangrando sus problemas 
Solitario como una paradoja 
Paradoja fatal 
Flor de contradicciones bailando un fox-trot 
Sobre el sepulcro de Dios 
Sobre el bien y el mal 
Soy un pecho que grita y un cerebro que sangra 
Soy un temblor de tierra 
Los sismógrafos señalan mi paso por el mundo

Vidaluz Meneses

No soy la primera mujer que recorre su rostro
y descubre la intensidad de lo vivido
en el peso de sus párpados abultados
sobre el hundimiento de los ojos.

El pliegue vertical en la confluencia de las cejas
hondura del paso de las preocupaciones.
Los paréntesis de la risa abiertos
de la nariz a las comisuras
(hondamente pronunciadas) de los labios
y el cuello de anfibio que ya perdió su elasticidad.

Tal visión descarnada en el espejo,
me llevan, mujer del mestizaje,
a recurrir al consejo de mis mayores:
cuidar la armonía del rostro con el corazón.
Y eso me hace inmortal.


Francisco Urondo
Extranjero del silencio
en el mundo arrasado; vertiente de la extrema melancolía
y del coraje y de la velocidad del amor y del miedo.
Dueño de la ciudad, de su memoria blanda
y de la madrugada hambriente y sin sentimientos
y de la suprema cordura de los vagos.
Cómplice de los encuentros,
de la grapa que nos hizo hablar,
loco de la noche, despreocupado amigo del alba, señor de
                    los tristes.
León Benaros

Los árboles 

Dioses callados, huéspedes dichosos,
trofeos, enterrados homenajes,
desde sus días altos y salvajes
al sol se orientan, de su beso ansiosos.

Ramos les dan los días misteriosos
y una embriaguez total, en verde encaje,
les cuelga de los vívidos ramajes
flores de perfección, frutos hermosos.

Felices ellos, pues que su porfía
de cárcel vertical, en las serenas
tardes es fiel al rito de su día.

Pero yo, extraño de hábitos y penas,
¿qué luz he de poder decir que es mía,
inmóvil de presagios y cadenas?

Mario Trejo

Ultimátum a un joven poeta

Que el pan sea pan y mar el mar
Basta de conjeturas
Murciélagos lunares o roedores de orquídeas
Toda palabra tiene precio
Las palabras que atacan como rayos o víboras
Y también madre
Amigo
Y alcohol y cama y mesa
Y el hijo concebido a dulces empujones
Y los hongos que provocan destellos de amor
O resplandores de muerte
Y el poeta que cae bajo las balas
Como un sol que la noche acribilla

Que el pan sea pan y mar el mar
Y el agua eterna
Pero la sed eterna
Para poder decir al fin:
He hallado un pan junto al mar
Los buitres sobrevolaban mi amor
He mordido una orquídea

Los buitres disputaban un cuerpo querido
He guiado camiones y dormido en aserraderos
Los buitres devoraban a mi amada
Viajé de noche sobre la arena caliente
Invoqué los nombres secretos
Conjuré un maleficio
Contuve una catástrofe
Conduje a un águila a su nido
He muerto con mis muertos y estoy vivo

Cuando llegué a la ciudad
Un loco vagaba por las calles
En su mirada había un cuchillo
Le di mi mano
Lo miré
Le hablé y mi voz duró entre los astros
Éramos sólo dos sobre la tierra
Pero éramos dos sobre la tierra

La soledad se hizo añicos
La poesía palabras

Umberto Saba

Todo se mueve contra ti. El mal tiempo,
las luces que se apagan, la vetusta
casa que baten ráfagas y que amas
por el mal padecido, las fallidas
esperanzas, algún bien gozado en ella.
Sobrevivir te parece un rechazo
de obediencia a las cosas.
Y el romperse
del vidrio en la ventana es la condena.
Gonzalo Rojas
¿Qué se ama cuando se ama?
¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida
o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué 
es eso: amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus rosas, sus volcanes,
o este sol colorado que es mi sangre furiosa
cuando entro en ella hasta las últimas raíces?
¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer 
ni hay hombre sino un solo cuerpo: el tuyo, 
repartido en estrellas de hermosura, en particular fugaces 
de eternidad visible?
Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra 
de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar 
trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una,
a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso.

Giovanni Quessep

Lectura
Algo hay en la casa y no sabemos
de dónde viene; hay duelo y hojas secas
y colores quemados, y hay un libro
que no podemos leer, nuestro tesoro.
Vendrá la hora de la luna y los duendes
y buscaremos el dibujo más bello.
Alguien dice que vamos a morir...
Y no saber si lo ha leído o lo ha soñado.
EE Cumming

En algún lugar al que nunca he viajado,
felizmente más allá de toda experiencia,
tus ojos tienen su silencio:
En tu gesto más frágil hay cosas que me rodean
o que no puedo tocar porque están demasiado cerca.

Con solo mirarme, me liberas.
Aunque yo me haya cerrado como un puño,
siempre abres, pétalo tras pétalo, mi ser
como la primavera abre con un toque diestro
y misterioso su primera rosa.

O si deseas cerrarme, yo y
mi vida nos cerraremos muy bella, súbitamente,
como cuando el corazón de esta flor imagina
la nieve cayendo cuidadosa por doquier.

Nada que hayamos de percibir en este mundo iguala
la fuerza de tu intensa fragilidad, cuya textura
me somete con el color de sus campos,
retornando a la muerte y la eternidad con cada respiro.

Ignoro tu destreza para cerrar y abrir
pero cierto es que algo me dice
que la voz de tus ojos es más profunda que todas las rosas...

Nadie, ni siquiera la lluvia tiene unas manos tan pequeñas.